La frágil estabilidad en la península arábiga volvió a colapsar tras una masiva ofensiva con misiles balísticos y drones lanzada por el grupo rebelde hutí desde Yemen contra infraestructura estratégica en el sur de Arabia Saudita.
La operación militar impactó de lleno en instalaciones clave de la petrolera estatal Aramco y en la base aérea de Khamis Mushait, provocando incendios, la parálisis temporal de la producción energética y un saldo de al menos 73 civiles heridos.
El despliegue, justificado por la milicia respaldada por Irán como una represalia ante más de un centenar de bombardeos sobre territorio yemení, pone en jaque definitivo la tregua alcanzada en 2022 con la mediación de las Naciones Unidas. Los ataques con drones alcanzaron puntos neurálgicos como Abha, Najran, Yizán y la Ciudad Económica, obligando al Ministerio de Energía saudí a suspender operativamente varias plantas mientras se sofocaban los focos de incendio.
Desde Riad, las autoridades tildaron la incursión de «acto criminal» y denunciaron que la amenaza hutí no solo compromete la soberanía del reino, sino que mantiene bajo asedio las rutas comerciales en el mar Rojo, afectando el libre tránsito de la navegación internacional. El portavoz militar saudí, Turki al Maliki, advirtió que el gobierno adoptará medidas operativas de disuasión inmediata contra la organización armadas, anticipando una inminente respuesta militar de mayor envergadura.
Este nuevo pico de tensión reaviva la guerra desatada en 2014 y expone los límites de las gestiones diplomáticas para contener el conflicto en Yemen. Con las infraestructuras petroleras convertidas nuevamente en blanco de combate y la amenaza explícita sobre el comercio marítimo global, la región ingresa en una fase de impredecible escalada geopolítica.
